jueves, 17 de abril de 2008

La Nobleza

Siempre me ha atraído la nobleza, quizá porque me gustan las expecies en vías de extinción, las rarezas, lo no frecuente. Ahora bien, este concepto es susceptible de tantas interpretaciones como personas debido a que siempre tendemos a tamizar por nuestro filtro particular todo aquello que recibimos, lo cual cuando es algo cotidiano pues no viene mal a veces, pero tratándose de algo esencial o, más simplemente, de algo, no se si es buena idea.

Así, en mis tareas forestales, me tropecé con este bello y profundo discurso que desde luego está sin tamizar, crudo pero digerible, y real, muy real.

Esto de pasar tanto tiempo en soledad natural creo que amenaza con volverme menos cuerdo cada día. Pero creo que el rural es el único reducto donde aún hay nobleza, salvaje, pero verdadera.

Al final, acabará por gustarme.


DEL HOMBRE NOBLE
(Maestro Ekchart)

Nuestro Señor dice en el Evangelio: "Un hombre noble viajó a un lejano país para ganarse un reino y volver después" . Con estas palabras nos indica Nuestro Señor toda la nobleza innata y natural del hombre, y hasta qué punto la gracia puede divinizarlo. Estas palabras también cubren gran parte de la Sagrada Escritura.
Hay que saber por de pronto, lo que por otra parte nos enseña la Revelación, que hay en el hombre dos naturalezas: el cuerpo y el espíritu. Por eso en las Escrituras se dice: Quien se conoce a sí mismo conoce a todas las criaturas, porque todas las criaturas son un cuerpo o un espíritu. Así la Escritura, hablando del hombre, dice que hay en nosotros un hombre exterior, y un otro, el hombre interior.
El hombre exterior se compone de todo lo que, aunque inherente al alma, está ligado y mezclado con la carne, y obra en cooperación corporal con cada miembro, ojo, oído, lengua, mano, etc. Y todo esto es lo que la Escritura llama el hombre viejo, el hombre terrestre, el hombre exterior, el hombre enemigo, el hombre esclavo.
El otro hombre que hay en nosotros es el hombre interior; a éste la Escritura lo llama un hombre nuevo, un hombre celeste, un joven, un amigo, un hombre noble . De éste habla Nuestro Señor cuando dice que un hombre noble se fue al extranjero, se conquistó un reino, y volvió a su país. En ésto tenemos que pensar, cuando san Jerónimo nos trasmite la enseñanza común de los maestros: que todo hombre, por el hecho de ser hombre, posee un espíritu bueno, un ángel, y un espíritu malo, un demonio.
El ángel bueno aconseja y atrae al hombre continuamente hacia lo bueno y lo divino, a lo virtuoso, celestial y eterno. El espíritu malvado aconseja y atrae sin cesar hacia lo temporal y perecedero, a lo que es pecador, malvado y diabólico. Este espíritu malvado está siempre cortejando al hombre exterior, por cuyo intermedio acecha constantemente al hombre, Adán.
El hombre interior es Adán, el hombre en el alma. Éste es el árbol bueno del que habla Nuestro Señor, que siempre y sin interrupción da buenos frutos ; es también el campo donde Dios ha plantado su imagen y su semejanza, y donde arroja la buena semilla, la raíz de toda sabiduría, de todo arte, de toda virtud, de toda bondad, semilla de naturaleza divina. ¡Esta semilla es el Hijo de Dios, el Verbo de Dios!
El hombre exterior le es hostil, y allí ha sembrado y arrojado la cizaña con maldad. De él dice s. Pablo: "Hay en mí algo que se opone y contraría lo que Dios manda y aconseja" , lo que Dios manda, lo que ha dicho y dice todavía en lo que hay de más noble, en el fondo del alma. En otro lugar se lamenta y dice: "¡Desgraciado de mí, oh infeliz! ¿quién me librará del cuerpo que me trae la muerte?" Y en otro pasaje escribe que el espíritu y la carne del hombre están siempre en lucha entre sí. La carne aconseja el vicio y el mal, el espíritu de Dios el amor de Dios, la paz, la alegría y todas las virtudes.
Quien obedece al espíritu y vive según sus consejos posee la vida eterna; pero el que obedece a la carne, muere. El hombre interior es de quien Nuestro Señor dice que un hombre noble se fue a un país lejano; es también el buen árbol del que Dios dice que da siempre frutos buenos, y nunca malos; porque quiere el bien y busca el bien y está suspendido en el mismo bien, insensible a esto o a aquello. El hombre exterior es el árbol maligno que nunca puede dar buenos frutos.
A propósito de la nobleza del hombre interior y espiritual, y de la vulgaridad del hombre exterior y carnal, los maestros paganos Cicerón y Séneca dicen así mismo que ningún alma racional está privada de Dios. La semilla de Dios está en nosotros. Si encontrara siempre un cultivador hábil y un jardinero diligente, crecería muy bien y subiría hasta Dios, de quién es la semilla, e igualmente su fruto se transformaría en una naturaleza de Dios.
La semilla de pera se hace peral, y la de nuez nogal: ¡es la semilla de Dios que trepa hacia Dios! Pero si la semilla encuentra un sembrador y un cultivador locos y perversos, se mezcla la cizaña que cubre y ahoga la buena semilla, tanto que no puede ni ver la luz ni madurar.
Pero un gran doctor, Orígenes, nos dice: "Como es Dios mismo el que ha sembrado en nosotros esta semilla, que la ha impreso en nosotros y nos la ha hecho connatural, podrá cubrírsela y escondérsela, pero nunca destruirla totalmente ni alcanzarla: sigue brillando y ardiendo sin cesar, luciente y resplandeciente, y sin cesar tiende a elevarse hacia Dios".
El primer grado del hombre interior, del hombre nuevo, como dice san Agustín, es que el hombre viva imitando a los hombres buenos y santos, pero camina todavía tomándose de sillas y paredes, y se nutre todavía de leche.
El segundo grado, es cuando en vez de fijarse únicamente en modelos o en hombres buenos, corre y se apresura a las enseñanzas y consejos de Dios y de la Sabiduría divina, vuelve las espaldas a los hombres y el rostro a Dios, suelta la falda de su madre y sonríe a su Padre celeste.
En el grado tercero, el hombre se sustrae más y más de la influencia de la madre, y se aleja siempre más del seno maternal, huye de las preocupaciones y rechaza todo temor. Aun cuando tendría la posibilidad de obrar el mal o de engañar a nadie sin recibir a cambie ningún castigo, sin embargo no lo desearía nunca: por el Amor, en efecto, está unido y confiado a Dios con celo constante, hasta que Dios lo haya puesto y establecido en la alegría y la dulzura, allá donde resiste a todo lo desemejante y extraño, todo lo que no conviene a Dios.
En el grado cuarto, el hombre crece más y más, y hecha raíces en el amor de Dios, al punto de estar siempre dispuesto a asumir, de buena gana y corazón, ávidamente y con alegría, todo tipo de tribulaciones y pruebas, fastidios y penas.
En el quinto grado, el hombre vive en paz siempre y en todo lugar, calmo y tranquilo en la riqueza y el gozo de la más alta e indecible Sabiduría.
En el sexto grado, el hombre está despojado de sí mismo y se ha revestido de la eternidad de Dios, ha llegado a la perfección completa. Ha olvidado la vida del mundo con todo lo que tiene de perecedero. Ha sido arrastrado y transformado en una imagen divina: ha llegado a ser hijo de Dios. Y no hay otro grado, otro grado superior: sigue el reposo eterno, la beatitud. Porque el fin del hombre interior, del hombre nuevo, es la vida eterna.
Sobre el tema del hombre interior, de este hombre noble, en el cual se ha impreso la imagen de Dios y sembrado la semilla de Dios, cómo esta semilla y esta imagen de la naturaleza divina y de la esencia divina, que son el Hijo mismo de Dios, se revelan y cómo se toma conciencia de ellas, cómo ocurre a veces que estén escondidas, todo ello el gran maestro Orígenes nos lo expone en una parábola: El Hijo de Dios, dice, imagen de Dios, es, en el fondo del alma, como una fuente de agua viva. Cuando se le echa tierra, es decir los deseos terrestres, queda recubierta y escondida hasta hacerse irreconocible y pasar desapercibida. Pero en sí misma tiene vida. No bien se le quite la tierra que cubre su superficie, reaparece y se la ve. Dice también que esta verdad está indicada en el primer libro de Moisés, donde está escrito que Abraham había cavado en su campo pozos de agua viva, pero que malintencionados lo habían tapado con tierra; pero sacada la tierra, las fuentes revivieron.
Sobre el tema hay aún otras parábolas. El Sol brilla siempre; pero si una nube o una bruma viene a interponerse entre nosotros y el Sol, dejamos de ver su luz. Lo mismo el ojo, que cuando está enfermo y débil se le oculta la claridad. Inclusive yo a veces me he referido a una comparación sorprendente: cuando un artista crea una estatua de madera o piedra, no la introduce en la materia, antes al contrario quita los sobrantes que la escondían y cubrían. Nada agrega a la madera mas bien algo le quita: bajo el cincel cae todo lo exterior y se eliminan las rugosidades para que entonces pueda resplandecer lo que estaba oculto adentro. Tal el tesoro oculto en el campo, del que habla Nuestro Señor .
Dice san Agustín, que cuando el alma del hombre se vuelve enteramente hacia la eternidad, allá arriba, hacia sólo Dios, la imagen de Dios se muestra en ella y brilla, pero cuando el alma se vuelve a lo exterior, inclusive en ejercicios de virtud, la imagen se esconde por completo. Por ello es que según san Pablo, las mujeres deben cubrirse la cabeza y los hombres tenerla descubierta ; porque la parte del alma que tiende hacia abajo busca el objeto hacia el que va: un velo, una mantilla; pero la otras parte del alma que se eleva, se desnuda para recibir la imagen de Dios y para que Dios se una a ella; Dios está sin velo y sin impedimento en el alma pura del hombre noble.
Igualmente, la imagen de Dios, el Hijo de Dios, la semilla de la naturaleza divina, nunca se destruye en nosotros aunque pueda estar escondida. David dice en uno de sus salmos: "La verdadera luz brilla en las tinieblas aunque no se lo perciba .
En el Cantar de los Cantares se dice: "No miréis que soy morena, porque soy bella y codiciable, es solo que el Sol me ha bronceado" . El Sol es la luz de este mundo: significa que todo lo que hay de más elevado, de mejor en la creación, recubre y descolora en nosotros la imagen de Dios. "Quita las escorias de la plata - dice Salomón -y brillará y lucirá el más puro vaso, la imagen de Dios en el alma .
Es precisamente la intención de Nuestro Señor cuando dice que un hombre noble se fue. Es necesario en efecto que el hombre salga de todas las imágenes de si mismo, que se haga totalmente extraño y distinto de todas las cosas, si en verdad quiere venir a ser el Hijo de Dios y recibir la filiación en el seno y en el corazón del Padre. Porque toda mediación le es extraña a Dios.
Dios dice: "Yo soy el Primero y el Ultimo" No hay ninguna diferencia ni en la naturaleza de Dios ni en las personas divinas, consideradas en la unidad de su naturaleza. La naturaleza divina es Unidad, y cada persona es igualmente Unidad, la misma Unidad que es su naturaleza. La distinción entre esencia y existencia está aquí reabsorbida en la Unidad: ambas son unidad e identidad. Solo cuando la Unidad deja de descansar en se misma llega a una distinción, y por tal destrucción actúa. Por eso es en la Unidad donde encontramos a Dios, y debe hacerse Unidad quienquiera encontrar a Dios.
Nuestro Señor dice: "Un hombre se fue". En lo que comporta destrucción no hay Unidad, ni Ser, ni Dios, ni reposo, ni felicidad, ni satisfacción. ¡Hazte unidad para que puedas encontrar a Dios! En verdad, si enteramente fueras unidad, seguirías siendo igualmente unidad en medio de la distinción, las distinciones serían unidad por ti y dejarían de ser obstáculo. La Unidad continua plenamente siendo unidad en miles de millares de piedras lo mismo que en cuatro, y un millar de miles es en verdad un número tan simple como cuatro.
Un maestro pagano dice que la Unidad nació del Dios supremo. Su propiedad es ser unidad en la unidad. Quien busca esta unidad abajo de Dios se engaña a si mismo. El mismo maestro (a quien cito aquí por cuarta vez) destaca también que esta Unidad no se liga de amistad sino con espíritus vírgenes y castos. En fin, el mismo san Pablo dice: "Como vírgenes castas yo os he esposado con el Uno" Así es como el hombre debería estar unido al Uno, que no puede ser otra cosa que Dios.
"Un hombre se fue" dice Nuestro Señor. ¡Un "hombre"! Si adoptamos el sentido apropiado de la voz latina, el término designa, al menos de acuerdo a cierta interpretación, a quien se somete enteramente a Dios, con todo lo que tiene, que eleva los ojos a Dios en vez de abatirlos a lo que posee y que sabe que está detrás y debajo suyo; tal es la perfecta, la verdadera humildad. Su nombre viene de la tierra (no diré más nada aquí). Pero la voz "hombre" significa igualmente algo que está por encima de la naturaleza y del tiempo, de todo lo que es espacio o materia, de todo lo que está sometido al tiempo y tiene el sabor de la inestabilidad, en tanto que espacial y corporal.
Pero cuando el hombre ha progresado más todavía, nada tiene en común con la nada. En primer lugar, en el sentido de que no está formado según tal o cual modelo, que no se asemeja sino a la totalidad, que nada conoce de lo vacío y perecedero, que en él no se hay ni el menor rastro de la nada, que no se ve en él sino el ser puro, verdad, bondad. Y quien se ha constituido así, solo él, es un hombre noble, y nadie sino él.
Hay otra forma de entender y enseñar lo que Nuestro Señor comprende por "hombre noble". Hay que saber en efecto que los que conocen a Dios sin velos, conocen al mismo tiempo la criatura. Si el conocimiento es la luz del alma, hacia la cual todos los hombres naturalmente tienden, con seguridad no hay nada mejor. Conocer es un bien. Ahora bien, los maestros nos enseñan que cuando se conocen las criaturas tal como son en sí mismas - lo que yo llamaría conocimiento vespertino - no se ve la creación sino en imágenes diferenciadas. Pero cuando se conocen las criaturas en Dios - lo que llamaría conocimiento matutino - se ve a las criaturas sin la menor diferenciación, sin ninguna de las imágenes que las representan y sin semejanza con lo que sea, en la Unidad que es Dios mismo. Y así es lo que Nuestro Señor quiere decir cuando dice que un hombre noble se fue. Noble, porque es uno, y en la Unidad conoce tanto a Dios como a la criatura.
Voy a interpretar todavía en otro sentido la doctrina del hombre noble, y digo ésto: cuando el hombre (alma, espíritu) ve a Dios, tiene conciencia de la visión e igualmente se conoce como siendo el que conoce; es decir que conoce su propia contemplación y su propio conocimiento de Dios. Ahora bien a algunos se les ha ocurrido - lo que parece completamente creíble - que la flor y el corazón de la beatitud reside en el conocimiento, cuando el hombre tiene conciencia de conocer a Dios. Podría yo, dicen, poseer todas las delicias del mundo sin darme cuenta, y ¿de qué me serviría, cómo serían delicias para mí?
No puedo adscribirme a esta forma de pensar. Fuera verdad que el alma no puede ser feliz si no tiene conciencia de su felicidad, no está allí la condición de la felicidad; porque el fundamento primero de la beatitud espiritual consiste en que el alma contemple a Dios sin velos; de allí le viene todo su ser y toda su vida; de allí obtiene el alma todo lo que ella es, en el fondo mismo de Dios, y nada sabe del saber ni nada del amor, ni nada en absoluto de ninguna cosa. Se calma enteramente en el Ser de Dios; todo lo que sabe es que está allí, y no conoce otra cosa sino a Dios. Si sin embargo toma conciencia de la visión de Dios, de su amor y de su saber, vedla que cae enseguida y que es rechazada al más alto grado de la jerarquía natural. Porque nadie sabe que es blanco si no lo es realmente. Tanto como quien se sabe blanco agrega ya una superestructura y añade algo a la esencia de su blancura; su saber, en efecto, no le viene sin mediación ni conciencia del color, pero el alma recibe este conocimiento y este saber de algo que es ahora blanco; no obtiene el conocimiento únicamente del color tal como es en si, sino que obtiene este conocimiento y este saber de algo que ha tenido color y se ha hecho blanco, y es así como se conoce como blanca. Saberse blanco es muy inferior y mucho más extrínseco que se blanco. La pared difiere totalmente de los fundamentos sobre los cuales está construida.
Los maestros enseñan que una es la potencia por la que el ojo ve, y otra por la que sabe que ve. Lo primero, el hecho de ver, adviene al ojo pura y simplemente por el color, y no por aquello que posee el color. Poco importa pues que lo colorado sea una piedra o un leño, un hombre o un ángel: lo único que importa es que el objeto tenga color.
Igualmente, digo yo, el hombre noble toma y obtiene todo el ser y toda la vida, toda su beatitud, únicamente de Dios, por Dios y sólo en Dios, pero no en el conocimiento, ;a contemplación y el amor de Dios, etc. Por ese muy bien dice Nuestro Señor que toda la vida eterna consiste únicamente en conocer a Dios como el único y verdadero Dios , y no en conocer que uno conoce a Dios. ¿Cómo podría el hombre conocer su conocimiento de Dios cuando ya ni se conoce él mismo!
Una cosa es cierta: si el hombre llega a ser bienaventurado, si es bienaventurado hasta el fondo y la raíz de la beatitud, no se conoce más a si mismo y no conoce más nada; no conoce nada sino y solo a Dios. Pero desde el momento que el alma conoce que conoce a Dios, tiene conocimiento de Dios y de si misma. Ahora bien la potencia por la que el ojo ve es, como explique más arriba, una potencia distinta de aquella por la que el ojo sabe y reconoce que ve.
Hay que agregar que por el momento y aquí abajo, la potencia que produce en nosotros la conciencia de nuestra visión es más noble y elevada que la potencia que produce la visión misma; porque la naturaleza comienza a obrar por más ínfimo. Pero Dios comienza su obra por lo más perfecto. La naturaleza hace salir el hombre del niño, y el pollo del huevo, pero Dios hace al hombre antes que al niño, y al pollo antes que al huevo. La naturaleza comienza por calentar y quemar el leño, y sólo después le hace arder. Pero Dios comienza por dar a toda criatura el ser, y sólo después, en el tiempo, pero a la vez fuera del tiempo y sin nada que pertenezca al tiempo, todas las propiedades que corresponden a su naturaleza corporal. Igualmente, dios da el Espíritu Santo antes de dar los dones del Espíritu Santo.
Por eso digo yo ahora: Ciertamente, no hay beatitud sin que el hombre tome conciencia plena de que ve a Dios y que conoce a Dios, pero Dios no quiere de ninguna manera que tal sea el fundamento de la beatitud. Quien prefiera otra cosa que se las arregle como pueda; a mi me da pena. El calor del fuego y la esencia del fuego son dos cosas muy diferentes, es admirable ver cuánto estas realidades están alejadas una de la otra en la naturaleza, aunque en el tiempo y en el espacio estén muy próximas entre si. La vista de Dios y mi vista están totalmente alejadas y desemejantes entre sí.
Por eso Nuestro Señor dice con toda propiedad que un hombre noble se fue a un país lejano para ganarse un reino y volver a su casa. Porque el hombre debe ser uno en si mismo; esta unidad, es necesario que la vaya a buscar en si mismo y en la Unidad; es necesario que la reciba en la Unidad y, en consecuencia, no debe contemplar sino solo a Dios. Luego tiene que "volver", es decir saber y conocer que conoce a Dios, que sabe algo de El.
Todo lo que yo digo aquí, ya lo había indicado el profeta Ezequiel con estas palabras: "Un águila poderosa de grandes alas de múltiples plumas vino a la montaña pura, atrapó el corazón y la médula del árbol más alto, arrebató la cima y la hizo caer" Aquel que Nuestro Señor llama hombre noble, el profeta lo llama grande águila. ¿Hay alguien más noble que aquel que ha nacida por lo más alto y mejor en la creación, por las entrañas de la naturaleza divina y de su soledad?
Nuestro Señor dice por boca del profeta Oseas: "Conduciré a las almas nobles a un desierto y allí les hablaré al corazón", la Unidad con la Unidad, la Unidad saliendo de la Unidad, la Unidad en la Unidad, y, en la Unidad, la Unidad eternamente!.