martes, 15 de abril de 2008

El Agua

Como no podía ser de otra forma, la tierra buena necesita buena agua y debido a la multitud de acepciones que podemos encontrar bajo el denominador común del concepto "agua", hablaré aquí solamente de la que a mi me calma la sed.

Mi sed es grande y sólo la atenúa cierta agua que, paradójicamente, cuanto más la bebo más sed me provoca. Sí, soy tonto, pudiendo beber un agua normal, ¿para qué me dedico a buscar aguas elevadas que son las de más dificil acceso?. Pues porque a mi me da placer, o lo que es lo mismo, porque me place y se que Le place también.

Así, encontré un bello discurso sobre el Agua que no puedo dejar de poner aquí. Espero que algunos sepan abrebarla adecuadamente.

Además, establece hermosas comparaciones que me gustan, atraen y siento como propias. ¿puede pedir algo más quien se distrae con una simple brizna de hierba?.

Ah quien fuera desocupado lector.



EL ACUARIO DE LOS SABIOS O LA PIEDRA ACUOSA DE SABIDURÍA

El texto del siglo XVII que presentamos a continuación es un brevísimo extracto del tratado titulado “El Acuario de los Sabios”, cuya autoría suele ser atribuida a Johann Ambrosius Siebmacher.

Existe una estrecha relación que tratados y Escritura Sagrada guardan entre sí, pudiendo afirmar, sin miedo a equivocarnos, que lo que unos callan la otra dice o que lo que en unos está oscuro en la otra está explicado. Se complementan como el cuerpo y el Espíritu, como la consonante y la vocal: sin uno el otro carece de “vida”. Es más, nos atrevemos a decir que, en realidad, los auténticos tratados no hacen sino llevar suavemente, con dulzura y de la mano hacia las Sagradas Escrituras.

En la presentación de un extracto mas amplio del mismo tratado que apareció en la Revista La Puerta, L. Montblanch lo expone magistralmente:
“La alquimia es un misterio, la revelación cristiana también. Y ambos misterios guardan entre sí una estrecha relación que sólo una lectura reposada, atenta y sin prejuicios de los textos respectivos puede poner de manifiesto. La primera sería como la experimentación de la naturaleza física (es decir, sensible) del secreto de la segunda. Y la Escritura Sagrada ofrecería el acceso a la primera. Recordemos el adagio hermético de la decimocuarta plancha del Mutus Liber: Ora, lege, lege, lege, relege, labora et invenies (‘Ora, lee, lee, lee, relee, trabaja y encontrarás’). Antes ora que labora, pero sólo el labora permite palpar el don celeste obtenido con el ora. “
El autor del tratado nos indica que primero apliquemos el Ora y luego el Labora, adaptándose al harto conocido principio hermético “Ora, lege, lege, relege, et invenies”. Establece la clarísima diferencia entre la química y la Alquimia , el Arte, cuales que es un Don de Dios, que por muchas operaciones, destilaciones, sublimaciones que hagamos, por mucha materia que conozcamos y trabajemos, si Dios no encuentra un ser piadoso, un corazón noble y contrito, no obtendremos nada en esta Vía. Más aún, si finalmente se es merecedor de tamaño Don es de obligado cumplimiento el no “revelar ni siquiera accidentalmente este misterio a un indigno o a un impío bajo pena de perder tu salvación”. Es decir, insiste en el dueño y señor de su concesión y además nos indica sutilmente la pérdida en caso de infracción pero también la recompensa, el fin al que nos lleva, es decir, lo que denomina “la Salvación ”.
A continuación nos pide que nos ajustemos a la Naturaleza , que la sigamos, ligándose así a todos los autores anteriores, pero no a una naturaleza cualquier sino a la “Naturaleza Universal”, cuya característica principal es ser “única, verdadera, simple”.
¿Para qué tantas sofisticaciones, disoluciones, sublimaciones, reverberaciones, abluciones cuando este Arte que es de la Naturaleza es igual de simple que ella?. En realidad toda la albora del Artista se reduce a “sembrar, plantar y regar” ya que “sólo Dios da el crecimiento”.
Esperemos que merezcamos tamaño Don y que nuestra naturaleza se ajuste y siga a la Naturaleza que le es propia, para así poder “a partir de un fango y un barro” , encontrar la verdadera humildad.

BREVÍSIMO EXTRACTO DEL TRATADO EL ACUARIO DE LOS SABIOS
“¿Cuál es el hombre que teme al Señor? El le mostrará la vía que debe escoger.
(Sal. XXV, 12)
En primer lugar, que los piadosos químicos que temen a Dios y los filósofos de este arte tomen conciencia de que si ya es necesario guardar secreto respecto al mayor y más elevado arte, cuánto más si éste es un arte santo. En efecto, en él encontramos impreso y representado el bien supremo, celeste y más santo del Todopoderoso. Aquel que concibe el proyecto de alcanzar este misterio supremo e infalible debe saber que este arte no depende del poder del hombre sino de la voluntad clemente de Dios y que lo que permite llegar a él no es nuestro querer o nuestro deseo sino la misericordia del Todopoderoso. Por eso debes ser, ante todo, piadoso. Alza tu corazón únicamente hacia Dios y, sin dudar, pídele este don por medio de una plegaria verdadera y muy ardiente. Tan sólo Dios lo otorga; no se obtiene sino de él. Si Dios Todopoderoso, que escruta y conoce todos los corazones, reconoce en ti un alma recta, fiel y sin malicia, y si ve que te esfuerzas en buscar y estudiar con el único fin de alabarle y glorificarle tan sólo a él, sin duda te lo otorgará, según su promesa.
Te conducirá por su Espíritu Santo de modo que puedas llegar, sin dificultad y gradualmente, a un cierto comienzo en el que jamás habrías podido pensar con tu razón. En ese momento sentirás en tu corazón mismo que Dios misericordioso ha escuchado benévolamente tu plegaria, que te ha llevado hasta un afortunado comienzo y que ya casi te ha dado a conocer la revelación.
Entonces arrodíllate y da gracias a Dios con corazón humilde y contrito, alábale, glorifícale y hónrale ya que tus plegarias han sido satisfechas. No ceses de pedirle también que se digne derramar por su Espíritu Santo esta gracia que florece y que ya has percibido en tu corazón, y que te guíe. De esta manera, cuando este profundo misterio te habrá sido perfectamente revelado en su totalidad, podrás ponerlo en práctica no empleándolo más que para la gloria y el honor del santísimo nombre de Dios y para el provecho y utilidad de tu prójimo que se encuentra en la necesidad.
Por otro lado, recuerda que no puedes revelar ni siquiera accidentalmente este misterio a un indigno o a un impío bajo pena de perder tu salvación y, menos aún, comunicárselo y compartirlo con él, hacer de un modo u otro mal uso de él no utilizarlo para tu renombre y no para la gloria de Dios como hemos dicho. Recuerda también que si no actuases así y te arriesgases a transgredir estas órdenes, no escaparás del castigo de Dios. En ese caso más te habría valido no haber oído hablar nunca de este arte ni conocer nada de él.
Ahora que has sopesado estas cosas, que te has consagrado a Dios, quien no permite que nadie se ría de Él, y que te has fijado por esta razón una meta y un fin, aprende primero cómo Dios Tri-uno ordenó desde el comienzo la naturaleza universal, en la que ésta se convierte, lo que puede, cómo opera cada día en todas las cosas de una cierta manera invisible y cómo consiste en la única voluntad de Dios y encuentra allí su morada. Sin el verdadero conocimiento de la naturaleza no podrás aprender esta obra sin dificultad y estarás expuesto a riesgos y peligros. Ahora bien, la cualidad y propiedad de la naturaleza es ser única, verdadera, simple, perfecta en su esencia y además posee encerrado en ella un espíritu oculto. Si quieres conocer la naturaleza debes ser hecho semejante a ella, verdadero, paciente, simple y firme además de piadoso y bueno respecto a tu prójimo pero, ante todo, debes ser un hombre regenerado y nuevo.
Si reconoces en ti esta disposición, en breve la naturaleza se adaptará y conformará a la naturaleza y percibirás inmediatamente en ti un inestimable provecho, tanto para el cuerpo como para el alma.
La búsqueda y contemplación de este arte te resultarán altamente provechosas y ventajosas, ya que si aprendes correctamente los principios que lo rigen, te conducirán, podría decirse que violentamente, hasta el conocimiento de los milagros divinos. Entonces carecerán de valor las cosas efímeras que el mundo tanto aprecia. Por el contrario, aquel que aspira a este arte y se esfuerza en obtenerlo para la riqueza y que intenta desviarlo de su objeto hacia el orgullo y la vanidad de este mundo, debe persuadirse de que jamás llegará al fin deseado. También es necesario que tu alma, es más, todos tus pensamientos que se dirigen hacia las cosas terrestres, sean como recreados y que se consagren únicamente a Dios. Se advierte pues que los tres, a saber, cuerpo, alma y espíritu, deben estar en armonía y obrar conjuntamente. Ya que si el corazón y el alma del hombre no son conducidos del mismo modo que es elaborada toda la obra, te equivocas con respecto al arte.
Deberás, pues, conformar todas tus acciones. El artista no hace aquí más que sembrar, plantar y regar y sólo Dios da el crecimiento. Por consiguiente, si Dios se opone a alguien, toda la naturaleza también le es contraria. Pero en cuanto al que se vuelve amigo de Dios, el cielo, la tierra así como todos los elementos son impelidos a ir en su ayuda. Si tienes en cuenta esto y si posees con tus manos el conocimiento de la verdadera primera materia de la que hablaremos a continuación, podrás avanzar hacia la práctica y emprender el comienzo de la obra.
Debes, una vez más, implorar al Todopoderoso para obtener su gracia y la vía a seguir en tu proyecto. De este modo tu obra avanzará y llegará, con toda facilidad, al afortunado y feliz fin deseado.

«Quien permanece en el temor de Dios y queda unido a su verbo, no emplea, mientras espera su ayuda, ni el negro ni el blanco. Prepara la plata y el oro a partir del cobre y del estaño y tendrá el medio de preparar, ayudado por Dios, muchas otras cosas. De este modo, con el favor de Jehová, hará felizmente oro a partir de un fango y de un barro.» (Eccl. II) “