miércoles, 16 de abril de 2008

El Calor

¿Qué decir del calor agradable que un buen hogar aporta incluso en medio de la más completa soledad?.

Cuando, en el campo, arando la tierra, asoman los primeros terrones con ese color tan vivo y fértil, un suave calor suele inundarme sin saber bien de dónde viene. Es otra de mis locuras perceptivas pero como no hacen daño a nadie pues aquí las pongo.

Ese calor tan agradable, casi nunca se tiene en cuenta y mucho menos hoy en día donde un fuego fuerte abrasador tiene más valor que la humilde llamita de una simple vela.

Lo he podido comprobar jugando con el amor, mejor dicho, con su suplantadora profesional, la pasión, que, si se sabe diferenciar, a veces no viene nada mal, que conste. Pero el caso es que cuando la pasión nos arrebata, el desenfreno y el fuego que se sienten devoran todo lo que se encuentran, agotándose por tanto antes y dejando unas cenizas estériles que hacen que nada vuelva a crecer.

Ahora bien, si alguno ha tenido la inmensa suerte, como yo en mitad del prado, de sentir el verdadero amor, ese suave mariposear, ese dulce calor agradable, como el de una cocción suave y enriquecedora, entonces me comprenderá perfectamente.

Cuando hago un buen plato de lentejas, siempre utilizo fuego medio, de otra forma se me pegan todas, y ya sabemos que la violencia no conduce a nada bueno. Me las llevo a mi campo y allí las caliento con mimo y suavidad, comprobando una y otra vez que el sabor no se pierde y el deleite lego es algo supremo.

Sí, me conformo con tan poco como eso, una simple comida en un simple campo, con un simple fuego. Creo que esto confirma más aún que debería consultar a un buen especialista.



SOBRE EL FUEGO FILOSÓFICO


Los filósofos no se queman los dedos al preparar su piedra
y utilizan un fuego distinto al vulgar.

(Diferencia entre el fuego de los filósofos
y el vulgar. Anónimo)

En la reunión para el Juicio, el fiel dirá: –Oh ángel, ¿no es el Infierno el camino común, transitado igualmente por el creyente y por el infiel? Sin embargo, no hemos visto ni humo ni fuego en nuestro camino. Entonces el ángel responderá: –Ese jardín que visteis al pasar, era en efecto el Infierno, pero a vosotros os pareció un espacio de verdor. Porque luchasteis contra la carne y aplacasteis las llamas del deseo por amor de Dios, de manera que se volvieran frescas de santidad e iluminaran la senda que conduce a la salvación. Porque convertisteis el fuego de la ira en mansedumbre, y la oscura ignorancia en conocimiento radiante. Porque del alma apasionada hicisteis un huerto donde siempre cantaron ruiseñores de oración y de alabanza. Por eso el fuego del Infierno se ha convertido para vosotros en verdor, rosas y riquezas sin fin.
Rumî:

Todos aquellos que se hayan sumergido en la lectura de cualquier texto tradicional de alquimia habrán visto que se repiten hasta la saciedad dos términos: materia y fuego. Ciertamente, afirman sin duda alguna que estos dos vocablos encierran toda el misterio, que la materia y el fuego dan las llaves de la Obra y que conociendo ambos se tendrá todo pero, sin embargo, poseyendo solamente una de ellas, por ejemplo, la materia pero no el fuego o bien el fuego verdadero pero no la materia, sólo se conseguirá errar.

Esto lo confirma Pontanus en su “Epístola sobre el fuego filosófico” donde comenta que aún con la verdadera materia en su poder erró “...doscientas veces antes de poder encontrar la operación práctica de esta verdadera materia”. ¿Y cuál sería esta operación para Pontano?: el uso del verdadero y correcto fuego.
Hoy en día donde lo puramente espiritual parece presidir toda relación, sea del tipo que sea, en el mundo denominado esotérico, cuando se habla del fuego el primer comentario que suele formularse, con orgullo no exento de soberbia, es el de que “fíjate, pero no el fuego vulgar”, como avisando de que no nos confundamos tomando la escoria por la esencia. Pertrechados con su propia ignorancia puramente teórica se atreven a despreciar el fuego que calienta su comida y sus hogares, que permite que escapen al frío que de otra forma acabaría con esa esencia de la que tanto hablan pero tan poco conocen y, aumentando aún más la osadía, extienden su crítica casi hasta el propio Sol. Ya avisan los Filósofos (por cierto, Filósofos por el fuego) sobre estas posibles desviaciones como, por ejemplo, D’Espagnet “Que los demasiado sutiles se alejen de esta ciencia”.
En tratados místicos también se habla de diferentes fuegos: el fuego de la contricción, el de la pasión, el de la propia oración. Sin criticar la validez de los mismos en su contexto y la posible utilidad, especialmente el de la oración, hay que atenerse a lo que dicen los escritos alquímicos en lo referente a que se trata de algo espiritual pero tangible, con una salvedad que no es baladí (ninguna palabra en los tratados lo es) cual es que es un fuego “...que no quema las manos”. Esto, repetido hasta la saciedad, debería bastar de por si para aquellos que utilizan otros fuegos tanto demasiado destructores como demasiado “etéreos”. Si en lugar de escuchar su orgullo se volviesen humildemente a la Naturaleza quizás todo se les mostrarías tan claramente como el cielo tras una tormenta primaveral.
Pontano incide en este aspecto a su manera, puesto que para él todo aquello vil y superfluo, sucio y fangoso “...se perfecciona por medio de nuestro fuego en un cuerpo espiritual fijo””. Es decir, no hay nada que deba ser expulsado o eliminado de la preparación de la Obra ya que todo ha sido creado por Dios y El jamás separa sino que une. Así critica una vez mas a aquellos que imaginan “...que algo sucio y vil debe ser separado”. Es decir, la propia materia de la Obra contiene en sí misma todo lo necesario para poder realizarla y, por lo tanto, nada debe ser añadido ni separado salvo lo que el propio fuego realice por sí mismo en sus admirables operaciones.
Se dirá: “pero los filósofos en sus escritos también diferencian entre el fuego vulgar y el filosófico”. Se responderá: efectivamente, pero su diferenciación no estriba en despreciar el fuego natural, sino en criticar el uso del mismo, y es por este uso desmedido por lo que a veces es denominado “tirano de la naturaleza” mas que por las características o valía del propio fuego en sí. Critican mas el que usen el fuego de forma que mate en lugar de que aporte vida. Ellos hablan de fuego de los químicos no del de las cocinas y alguno ha sido extremadamente claro al establecer las diferencias entre ambos.
Así, un filósofo anónimo comenta que mientras el fuego de los químicos es “...vulgar y conocido por todos, activo, caliente y seco”, el nuestro, es “...mas espiritual que material, no hace ninguna operación sin estar encerrado y ejecuta perpetuamente su infinita operación...por medio del vapor espiritual”. Puede pensarse que bajo la denominación de espiritual está hablando de algo etéreo e intangible: nada más lejos de la realidad ya que “...nuestro fuego es caliente, seco y húmedo”, cualidades altamente comprobables e incluso palpables.
¿Cuál es, pues, este fuego tan deseado por todo verdadero Amante del Arte?
En algunos tratados es denominado fuego acuoso, y en otros agua ígnea, manifestando una contradicción aparente, porque simplemente viendo un volcán en erupción ¿no podríamos afirmar sin ser tachados de locos que la lava es un “fuego acuoso” o un “agua ardiente”? (río de lava es la expresión habitual). Una vez más, el sutil se perderá en su propio enredo cognitivo mientras que el sencillo recurrirá con provecho a la naturaleza. Si nosotros ponemos algo al baño maría evidentemente podremos decir, no sin razón, que esa agua, una vez caliente, es una cierta “agua ígnea”, ya que el fuego ha friccionado sus moléculas hasta el punto de que ese propia agua se ha convertido en un “fuego acuoso”. Ahora bien, que nadie se confunda y crea que el baño maría de tan extenso uso no hace muchos años, es el fuego al que se refieren los filósofos, porque ya el propio Pontano, una vez más, nos avisa a este respecto de que durante algún tiempo puso su materia “...al baño maría y del mismo modo erré”, añadiendo un poco mas adelante que “...no se trata del fuego de baño, de estiércol, de cenizas ni ninguno de los otros fuegos que nos evocan y describen los sabios”.
Todo lo existente necesita del calor para poder subsistir, cosa que se comprueba al ver cómo en zonas especialmente cálidas o tropicales la abundancia de vida es notablemente superior a la de las denominadas zonas frías o polares. Pero ese mismo calor que da la vida, si se me permite la expresión, conducido mas allá de los límites que cada cuerpo puede tolerar llevaría al mismo tiempo a producir la muerte o destrucción del compuesto. Por eso no basta con conocerlo sino también saber bien la proporción y grado del mismo.
Por no extendernos mas, cosa que haría que este artículo se convirtiese en un tratado, quisiéramos terminar, con una frase de Louis Cattiaux (El Mensaje Reencontrado 08/41'), con la que coincidimos plenamente: “El fuego que anima el Universo permanece oculto en la tierra y resplandece en el cielo.”
Quiera Dios que animados por el resplandor celeste podamos despertar la parte oculta que dormita en el interior de la tierra.