jueves, 17 de abril de 2008

La Escalera

Estando reposando boca arriba, contemplado el cielo y perdida el alma en menesteres elevados, de repente me di cuenta de que, mucho más cercana, se encontraba la fruta del árbol que me cobijaba y el hambre hizo su presentación. Pensé en que para poder tomarla de su casa, la rama, necesitaba de una escalera.

No voy a exponer aquí las analogías que me surgieron alternando mi visión del árbol al cielo y del cielo al árbol, pero, como todo es porque debe ser, resulta que ya había otros que se habían dedicado a estos aspectos y de forma por demás notable. Así que ahí queda.

Tratado de los siete grados de la perfección
de Fray Jerónimo Savonarola

Con la ayuda de Dios y en la medida de mis posibilidades he recuperado brevemente la razón, consecuencia y exposición de los grados del doctísimo y religiosísimo San Buenaventura, de la orden de los Hermanos menores, por los cuales es posible ascender hasta la cima de la vida espritual, pues en virtud de la caridad que mostráis hacia mí, no hay nada que podáis desear o pedir que yo pueda en modo alguno rechazar o disimular.
Sabed no obstante que el primer grado no fue expresamente ni completamente mostrado por ese hombre venerable a pesar de haberlo establecido como fundamento. La razón de este modo de proceder es que se dirigía a hombres que ya habían adquirido la gracia de Dios y cuya intención era avanzar y recoger los frutos.
Nosotros, sin embargo, y en aras de una mayor inteligencia, lo hemos mostrado por completo. Así pues, leed y aprended obrando, porque estas cosas tan sólo se aprenden cuando las obras han sido hechas.

I. Dios hizo a la criatura razonable para que fuera capaz de comprender y conocer el soberano bien, y conociéndolo lo amase, y amándolo, lo poseyese, y poseyéndolo se regocijase en él.
Más al existir entre Dios y la criatura una distancia infinita, el intelecto creado no puede por su propia virtud ver, poseer y regocijarse en ese soberano bien, a no ser que sea instruido (informato) por algún don supraceleste por medio del cual sea transportado por encima de sí mismo, viéndose elevado de ese modo hasta el goce y fruición de tan grande majestad, bondad y gloria.
En cualquier otro caso, es necesario que el fin se corresponda con los medios, de modo que tan sólo por la rectitud de la vida se puede alcanzar la visión de Dios.
Ahora bien, al hombre que desee alcanzar la beatitud no le basta con esa rectitud de vida que se puede adquirir naturalmente, sino que debe ser ayudado por el don sobrenatural de la gracia de Dios, según reza la palabra del Apóstol: la gracia de Dios es la vida eterna por el señor Jesucristo, y porque, como dice el Filósofo, las operaciones del que opera están en el paciente bien dispuesto, por lo que todo aquel que desee caminar en la Vida cristiana, antes que nada debe prepararse para recibir la gracia de Dios, la cual tan sólo podrá obtener con la ayuda divina, pues las causas segundas tan sólo se ponen en movimiento bajo el impulso del primer motor o causa primera.
Y como dice el Apóstol: no nos está permitido considerar nada que se halle en nsotros como procedente de nosotros mismos, pues todo nuestro mérito y nuestra virtud provienen de Dios.
Y Dios, que es esencialmente bueno, jamás deja de iluminar a cualquiera que en este mundo no falte a nadie en las cosas necesarias, de modo que si todos los hombres encaminados hacia al bien hubiesen seguido verdaderamente el impulso o inspiración, habrían sin duda alcanzado, Dios mediante, la gracia.
En consecuencia, todo aquel que desee vivir según el bien y alcanzar la beatitud, debe ante todo alejarse del pecado, y apresurándose a seguir a Dios, que mueve y atrae su alma hacia Él, no debe dejar de llorar y hacer penitencia hasta que por signos manifiestos pueda conjeturar que, por don de la gracia, ha sido absuelto por Él.
Y los primeros signos de la absolución y de la gracia obtenida son los siguientes: el dolor y el aborrecimiento de la falta (della colpa) pasada; a continuación el estable y firme propósito de vivir cristianamente en el futuro, prefiriendo perder la propia vida a volver a pecar y, además de todo esto, el desprecio de este siglo y el amor y el deseo del siglo venidero.
Así pues, el primer grado de la vida cristiana ha sido llamado justamente grado de la Necesidad –es decir, necesidad de la gracia- a la que debe aspirar por encima de todo cualquiera que desee vivir cristianamente. Y como, según la sentencia de los Santos Padres, en la vía de Dios, no ir hacia delante significa retroceder, todo aquel que alcance el primer grado no debe detenerse, sino que debe seguir hacia los grados superiores. Está escrito: Beatus vir cujus est auxilium abste ascensiones in corde suo disposuit in valle lachrymarum in loco quem posuit. Etenim benedictionem dabit legislator ibunt de vitrtute in virtutem videbitur Deus deorum in Syon, es decir: “Bendito el hombre que posee la ayuda del Señor, pues en este valle de lágrimas (es decir, en este mundo) le ha sido concedido el ascenso en su corazón hacia el lugar que le ha sido dado y predestinado. Y en verdad el promulgador de las leyes dará su bendición; irán de virtud en virtud y el Señor de los Señores será visto en Sión, es decir, en la vida eterna”.
Ahora bien, conviene tener en cuenta que entre las virtudes adquiridas y las virtudes infusas por la gracia de Dios hay una gran diferencia. En efecto, el que posee virtudes adquiridas, las posee sin dificultad y, lo que es más, las practica con delectación. Mas el que recibe las virtudes infusas por la gracia de Dios sin estar habituado a ellas, combate y milita con dificultad y repugnancia de la carne, especialmente si conserva hábitos contrarios procedentes de la depravación de la vida pasada. En consecuencia, todo el que alcance el primer grado, debe trabajar laboriosamente y ganar su pan con el sudor de su frente, hasta que las malas inclinaciones y los hábitos perversos sean expulsados a efectos de añadir las virtudes adquiridas a las virtudes infusas.

II. Y entonces comenzará a obrar con delectación para llegar, de este modo, al segundo grado, al que llamamos con plena justicia, Suavidad; cuando haya arribado hasta aquí podrá cantar con alegría este salmo de David: Quam magna multitudo dulcedinis tuae Domini, quam abscondisti timentibus te, es decir: “Cuán grande es, Señor, la multitud de suavidades que has reservado para quienes te temen”. Y deberemos considerar que entre las cosas espirituales y las corporales existe una gran diferencia, toda vez que las cosas corporales, antes de ser poseídas por el hombre, son amadas y deseadas pero, una vez adquiridas, se tornan pequeñas y viles; en cambio, las cosas espirituales producen el efecto contrario pues no las tenemos en ninguna consideración cuando no las poseemos, pero cuando las poseemos, las estimamos como bienes grandísimos, y el amor y el deseo de ellas jamás cesan de crecer. La razón de que esto sea así proviene de la grandeza de nuestro corazón, al que solamente Dios puede colmar.
En efecto: cuando las cosas corporales aparecen ante nuestros ojos antes de ser conocidas por experiencia (lo cual sucede antes de poseerlas) las amamos mucho, pero después de poseerlas, guiados por la experiencia, que es maestra de todas las cosas, entonces las despreciamos, porque si comparamos su pequeñez y su imperfección con la grandeza y dignidad de nuestro corazón, entonces las juzgamos muy indignas de nuestra estima y volcamos de inmediato las aspiraciones de nuestra alma hacia otras cosas. Ahora bien, las riquezas espirituales, que son la Gracia del Espíritu Santo y las virtudes que en cierta forma poseemos, por cuyo medio Dios habita en nosotros, son infinitas y exceden la capacidad de nuestro corazón, pues Dios es más grande que nuestro corazón y lo supera infinitamente. Por esta razón cuando no las poseemos, no les otorgamos ninguna estima, pues no podemos conocerlas sin poseerlas, según la palabra del Apocalipsis: Nemo scit nisi quod accipit, es decir, “nadie conoce sino aquel que recibe”. Ahora bien, cuando las poseemos, la capacidad de nuestro corazón, al ser infinitamente superada, aumentan nuestro deseo de tal modo que las perseguimos con admiración y grande amor a efectos de poderlas poseer más perfectamente, ya que toda cosa imperfecta desea su perfección.

III. A continuación sigue el tercer grado de perfección de la vida espiritual, llamado Avidez. De acuerdo con la palabra del Profeta: Sitivit anima mea ad Deum fontem vivum quando veniam et apparebo ante faciem Dei, es decir, “mi alma ha tenido sed del Señor que es la fuente viva, ¿cuándo contemplaré y estaré ante la faz del Señor?”. Y dado que toda perfección del efecto precede de la causa, cuanto más se perfecciona un efecto cualquiera, más se aproxima a su causa, y esta aproximación constituye la disposición misma del efecto, y cuanto más perfecto deviene éste, más dispuesto y más apto se vuelve para ser aún más perfecto.
Con cuanta más avidez busca el cristiano a Dios, más se acerca a Él y más dispuesto se encuentra a recibir y acumular más perfectamente sus dones a fin de poseer aún mejor al Cristo y regocijarse en él.
Y puesto que Dios es el soberano bien cuya conversación carece de toda amargura, la delectación y el júbilo que reciben de él todos los que son puros de espíritu, sobrepasan y exceden sin medida cualquier otra delectación. Por eso los hombres santos, y en especial los contemplativos, desprecian por completo todas las delectaciones y los placeres de este mundo y no los tienen en cuenta en absoluto.

IV. Así pues, es de justicia que el grado de la avidez sea sucedido por el cuarto grado, llamado de Saciedad, pues todo aquel que goza del Cristo y lo posee, es llenado y saciado por él, despreciando cualquier otro alimento, pues una vez saboreado el espíritu, toda carne y delectación mundana se vuelve insulsa e insípida.
Ahora bien, dado que la virtud unida es más fuerte que la que se encuentra dispersa y separada, cuando el hombre comienza a amar tan sólo al Cristo y a considerar como nada el resto de las cosas, entonces la dilección y el amor del Cristo se reúnen (congregandosi) por completo en él, se vuelven más fuertes y el alma se une (si copula) vehementemente con el Cristo, pues el amor es una virtud unitiva, y dado que el amante siempre se dirige hacia la cosa amada, y que Dios es el altísimo (eccelso), y que su gloria está por encima de los cielos, el amor divino produce necesariamente un éxtasis, atrayendo al hombre fuera de sí mismo y llevándolo más allá de las cosas creadas. Por eso, según es el hombre, así son sus obras, y según el hombre siente y comprende, así pronuncia las palabras, de acuerdo con lo que dijo el Señor: Ex abundantia cordis os loquitur, es decir, “la boca habla lo que el corazón rebosa”.
De este modo, los que son abrazados (fervidi) por la caridad del Cristo, producen obras y dicen ciertas cosas divinas que en ocasiones son entendidas por los hombres como cosas insensatas. Por eso los judíos creyeron que los apóstoles estaban ebrios cuando eran enseñados (insufflati) por el Espíritu Santo, porque los hombres groseros (animali) consideran a aquellos que han sido llenados por el Espíritu Santo como ebrios y repletos de vino nuevo. Así pues, los hombres santos, como si estuvieran ebrios y fuera de sí, se regocijan de los oprobios y las persecuciones.

V. Así pues, el quinto grado recibe el justo título de Embriaguez o Ebriedad, porque los hombres justos ya no hablan ni hacen cosas humanas, sino tan sólo divinas, las cuales exceden la capacidad de la razón. Pero la criatura espiritual no se encuentra en un lugar como la criatura corporal, que se encuentra en un lugar por su tenuidad y que está circunscrita a ese lugar. El espíritu no es una cantidad y, por tanto, no puede ser circunscrito en un cuerpo, y cuando decimos que la criatura espiritual se encuentra en un lugar, queremos decir que se encuentra en ese lugar por operación o por presidencia, como el ángel, que opera en cada criatura encontrándose presente en ella de algún modo, por lo que decimos que el ángel está en ella como en un lugar. Ésta es la razón por la que siendo el alma una criatura espiritual, decimos sin embargo de ella que se encuentra en el lugar en la que obra, y aunque según la esencia se encuentre en el cuerpo, sin embargo, según el espíritu, se encuentra allí donde siente o donde quiere. Por eso San Agustín dice que el alma se encuentra más verdaderamente allí donde recibe la sensación que allí donde se encuentra su ser. Así pues, cada vez que nosotros comprendemos según el espíritu alguna cosa eterna, nos encontramos en el mundo de las cosas eternas, pues tenemos por costumbre decir que los que tan sólo piensan en las cosas terrestres y sólo hablan de ellas, son de este mundo. Por eso el Sabio dijo a los judíos: Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo.
Por eso los Santos que progresan en el amor divino, por la magnitud y grandeza de este amor no conversan ya con la tierra, sólo con el cielo, tal y como reza la palabra del Apóstol: Nostra autem conversatio in coelis est, nuestra conversación está en los cielos. En consecuencia, están ya seguros de la recompensa, pues ya están nevegando en el puerto.

VI. Por ello el sexto grado es llamado Seguridad. Y como por la divina conversación el hombre se vuelve perfecto en todas sus partes y es purgado de toda afección terrestre, recibe copiosamente, como un pulido espejo, los rayos de la ilustración divina, de tal suerte que su fe es como una visión y su esperanza una seguridad, casi una posesión. Y su caridad es un ardor tal que se abandona a sí mismo para convertirse, por decirlo de algún modo, en Dios; y su asidua prudencia es una firme contemplación de las cosas divinas y un celeste impulso hacia todo lo que debe hacer, encontrándose más verdaderamente guiado que si se guiase por sí mismo. Su justicia es una rectitud de espíritu y una conformidad a la voluntad divina. Su fuerza es una constancia de espíritu que desconoce lo que es el miedo o la perturbación. Su templanza es una pureza de corazón que ignora por completo qué es la delectación de la carne. Y este hombre presenta siempre esta misma constancia y tranquilidad de espíritu y piensa sin cesar en Dios, reposando en Él y diciendo con el Profeta: In pace in idipsumdormiam et requiescam: dormiré y reposaré en paz en él mismo.

VII. Con justa razón se encuentra pues aquí situado el séptimo y último grado, llamado de Tranquilidad, el cual es alcanzado verdaderamente por muy pocos.
Así pues, desgraciado aquél que no haya trepado aún hasta el primer grado: que llore de noche y de día hasta que consiga alcanzarlo; y cuando lo haya logrado, que no descanse, que estudie el modo de franquear el segundo grado y que no detenga su ascenso hasta que consiga alcanzar y tocar la fruición divina, pues en la vida presente nadie es tan perfecto que no pueda ser mejorado y volverse más perfecto. Que busque pues el modo de ir de virtud en virtud hasta ver al Señor de los Señores en Sión, es decir, en la celste patria donde, con sus Santos, vive y reina por los siglos de los siglos.

En el año del Señor de 1497, en el mes de Febrero