martes, 17 de junio de 2008

Meditando


De esta guisa es cómo hago para meditar en mis retiros rurales. Siempre busco un lugar tranquilo, algo escondido donde, a veces, incluso llega a sorprenderme la noche. Es cierto que puede parecer algo retirado pero en realidad se encuentra muy cercano o, al menos, a mí así me lo parece.
Me siento confortablemente entre las dos paredes de una hendidura que me sirve de protección contra el viento y el fuego del sol que intentan desde arriba alcanzarme y, aunque busco soledad, como se puede apreciar ésta es dificilmente posible debido a que, no me digáis ni porqué ni cómo, siempre me aparece compañía, bien en forma de alguna que otra ave que acude a picotear las posibles migajas que pudieran desprenderse de mi solaz esparcimiento, bien en forma de alucinación católica con ángeles que me guardan por arriba.
Lo que nunca falta es un hermoso cielo estrellado que me sirve de inspiración y guía en mis pensamientos. Estos son diferentes, abundantes y, a veces, inexistentes, pero siempre me producen la impresión de que el cielo se encuentra más cerca de la tierra de lo que pensamos y la tierra más cerca del cielo de lo que vemos, como si ambos fuesen una sola cosa separados por una distancia que debido a nuestra incapacidad apreciamos como enorme pero que de seguro es mucho menor que la que pueda haber entre la flor de una planta y sus raíces.
Me gusta pensar que las estrellas son los ojos del cielo nocturno, con los que me mira y observa con cariño, ternura y, de seguro, infinita paciencia en mi labor poco cuerda de intentar pasar el máximo posible en la más completa y absoluta inactividad.
Finalmente, no hay que olvidar llevar un buen manto que cualquier jardinero celeste que se precie debe poseer en perfecto estado de conservacion.